Capitulo 8 La Sangre: una vida bajo la tirania

Capitulo VIII La sangre: una vida bajo la tiranía,
Tulio Manuel Cestero.

En este capítulo, Antonio narra todos los pormenores de su encuentro con Luisa y el enamoramiento de ambos, la oposición de la familia, cómo se las ingeniaban enviándose cartitas a través de una criada, como el paso del tiempo era lento;  nos cuenta con lujo de detalles en qué consistía la Fiesta de San Andrés, que se celebraba el 30 de noviembre, la Tradición de la Semana Santa, con lujo de detalles, la fiesta de fin de año y sus costumbres. Como tiene que auxiliarse de Seña Catalina, para poder ver a su novia y finalmente conseguir la aprobación de la familia con la intermediación de su tío Antonio para finalmente casarse con Luisa.


Antonio Portocarrero recuerda cómo fue su encuentro con  Luisa;  él y otros muchachos se paraban frente al Colegio El Dominicano a ver entrar y salir a las muchachas, ella nunca le atrajo, era una chiquilla flaquita y sin gracia, después que la sacaron del colegio, dejó de verla hasta un día de San Andrés.

La víspera de San Andrés, desde temprano en la mañana se preparaban los proyectiles que se iban guardado todo el año y consistían en cascarones de huevos,  rellenos de cera y con agua de florida se llenaban los cascarones, con  parches de trapo redondos, se tapaban los agujeros, y los iban colocando en cajones, canastos y barriles.
Desde mediados de noviembre se anunciaba la fiesta,  se rayaban las paredes de rojo y les amagaban a las muchachas que estaban en las ventanas y el cascarón reventaba en las rejas, las salpicaba y ellas gritaban y cerraban las ventanas con estrépito. Al atardecer, algunos jóvenes, recorrían las calles a pie o en coche, lanzando proyectiles a diestra y siniestra, en la noche se metían en sus casas y apagaban las luces…

“El día 30 desde el amanecer, los combatientes están listos. En las casas donde se juega, los criados acarrean agua de pozos y aljibes, colmando bateas, baños, toneletes y latas que, transportados a balcones y azoteas, constituyen el material de guerra de la tropa femenina. En estas casas se congregan las muchachas. Los adversarios, vestidos de dril blanco o de colores desteñidos, en grupos pedestres o a caballo, o en coches, o en carretas, cargan los cascarones en barriles, canastas y macutos. Alguno de estos grupos lleva una charanga que con sus sones alegra la algarada. La mañana es propicia a los jugadores furtivos, quienes protegiéndose de los balcones con los paraguas, se escurren con mucho tiento junto a las paredes, y cuando descubren una cabeza medrosa, en acecho del lechero o del panadero, disparan el cascarón que ocultan en el bolsillo y se escapan, en tanto detrás de la reja rompe un ¡ay! A las diez, ahí están las luchadoras en balcones y azoteas, cubiertas las miedosas con mascarillas de alambre. Desde el arroyo, los hombres sin cesar arrojan cascarones, al tiempo que de arriba cae sobre ellos una lluvia roja, azul, amarilla. La faena excita a ambos bandos; se grita, los cascarones vuelan agresivos”

Algunos resultaban lesionados con un ojo averiado que hay que tratar con fomentos constantes y reposo. Se mojan cuerpo a cuerpo, se empapan, se sumergen en los baños,  empelucan con polvos de color; hay quien haya dejado un diente o medio carrillo en el canto de una batea. “Después de tales encuentros, fuerza es cambiar las ropas ensopadas. Un armisticio para almorzar, que el combate se reanudará en la tarde con más bríos. A las cinco, algunos, no por más galantes, sustituyen los cascarones con flores y confites; en la noche, éstos visitan las casas, rociando a las muchachas con polvos y esencias finas, y aquéllos, armados de una jeringa, introducen por las rendijas o por el ojo de la cerradura, chorro que hace estallar las lámparas, o echan pelucas a los transeúntes”.
“Sonadas las diez, muertos de cansancio, después de una confortante fricción de bay-rum, cada cual rememora en casa, delante de un pocillo de chocolate, los lances de semejantes horas de locura que dejan párpados hinchados, brazos molidos, manchas multicolores en las paredes, y en el arroyo briznas de cáscaras de huevos, amén de uno que otro herido de puñal o revólver, pues no todos reciben de buen grado, y más si no juegan, una libra de harina o de almagre en la cabeza. Tal era el inculto y deleitoso San Andrés, carnaval barato con que nuestros abuelos de la Colonia se desquitaban por adelantado de las penas del Adviento, y que el progreso ha desterrado de las costumbres dominicanas, importando, en cambio, los bailes blancos”.
En un asalto, Antonio se encontró de improviso frente a frente con aquella chica, magra y nada bonita. Furiosamente se bombardearon con higüeras de agua, cerca, tan cerca, que sentía el calor de sus alientos. Se detuvieron, turbados, fláccidos, los músculos. Ella, con los dientes apretados,  lo miraba altanera, retándole. El traje ajustado mostraba sus pechos erectos y la cadera firme. Un golpe de agua en pleno rostro ahogó la mirada lasciva, y el galán respondió arrojando el capullo de rosa que le adornaba la solapa.

El domingo siguiente, la vio pasar grave y serena, al salir de la misa, en el atrio de la Catedral, y así los otros domingos, hasta que por pascua de Navidad, la encontró en una jaranita en casa amiga, y bailaron una danza. No era una buena bailadora, pero ya le parecía simpática, graciosa: algo de ella entraba en él. La noche de San Silvestre, la casualidad los reunió en tertulia para esperar el cañonazo en la cena tradicional: pastelitos, lerenes, maní largo y congó; y con las expansiones del año nuevo, entre los abrazos efusivos de los amigos, se insinuaron bromas denunciadoras de una afinidad electiva, ya sospechada por los demás.
Antes los enamorados se dejaban ver en las calles y se paraban en las esquinas.

“Y Antonio comenzó a pasear la calle, a pararse en la esquina. El Día de Reyes, organizaron entre varios un bailecito a escote, pidiendo la sala a una familia respetable, y ella le concedió el primer vals y una danza. Después, las fiestas finaron, y con ellas las ocasiones de hablarse. Continuó haciendo el oso, de plantón en la esquina y esperándola a la salida de la misa dominical, para llevarle la silla hasta la casa vecina del templo, que las presta, o en donde las guardan las que habitan lejos”.

Quien no recuerda las cartitas que se mandaban los enamorados.

“Antonio tuvo que recurrir a las cartitas, se hizo amigo de la criada para que se las llevara, le devolvieron la primera y la segunda sin abrir, pero la tercera tenía señales que se había leído y las otras fueron bien acogidas, lo que le daba esperanzas. A veces llovía y se guarecía en una de las casas o debajo de un balcón, y sentía las risas y burlas de las vecinas fisgonas”.

Antonio se dio cuenta de que no le era simpático a su mamá, le regalaba motas para dulces al hermano para aminorar las malacrianzas, y le cerraban las puertas violentamente cuando él pasaba.

En el Carnaval  se cambió los disfraces para no ser descubierto por la madre, y en medio del bullicio le susurro algunas palabras al oído, nerviosas, anhelantes, Antonio sintió el fuego de ella cuando le estrechó las manos, pero él quería oír que ella le dijera que le amaba.

Finalmente, el 27 de febrero en la noche, el Parque  Colón estaba lleno de gentes  y Luisa paseaba con su hermana y un grupo de amigas, pastoreadas por el papá, y aprovechando que el padre estaba arrellanado en un banco divirtiéndose con los fuegos artificiales, se le acercó, y mientras volteaban al compás de la charanga, él, expresivo y sincero, le habló de su amor, de sus esperanzas, de sus proyectos, y la chica muy queda, dijo sí. Ante su alborozo le recomendó cautela, mucha prudencia, porque en su casa se oponían, y prometió escribirle. Ella misma tiraría la carta por el balcón en el momento de cerrarlo al día siguiente.
A las diez, la charanga partió tocando marcial pasodoble; la muchedumbre se derramó por las calles adyacentes, y Antonio, contemplando la fina silueta que se desvanecía, se sintió feliz.

Aquella noche Lilís le pareció menos perverso, pues el amor existía en sus dominios.
Al día siguiente, la cartita cayó revoloteando. Antonio acechaba que todas las puertas estuvieran cerradas, para que nadie se diera cuenta cuando el recogiera la misiva y se puso a leerla debajo de un farol. ¡Cuántas cosas dulces contenía aquel pliego escrito con letra menudita y buena ortografía, y cuyas frases, aun las más amorosas, revelaban una mujercita orgullosa y leal! Era muy difícil verla, por lo que se valieron de la criada para las cartas o por el balcón, y alguna vez por medio de la hermanita complaciente. Pero conversar era muy difícil.

Un minuto, si acaso, los domingos. Había que esperar la Semana Santa, y ¡qué larga y mortificadora aquella cuaresma! Entretanto había que contentarse con hablar por letras de mano, suerte de telégrafo que manipulaban con extraordinaria rapidez, desesperante para los curiosos.
“La Semana Mayor era un acontecimiento público en Santo Domingo de Guzmán. Quince días antes del Domingo de Ramos, principiaba el ajetreo de las costureras y el movimiento en las tiendas. El espeespectáculo de la Pasión de Nuestro Señor exigía vestidos y sombreros bonitos y de moda. Hasta el preciso momento en que las carracas sonaban, se oía el ruido de las máquinas de coser; porque eso sí, tan pronto como encerraran el jueves en la Catedral ni circulaban vehículos, ni bestias, ni se barría con escobas, ni se daba un martillazo. Un silencio de dolor envolvía las cosas, maguer las gentes rieran y los amantes aprovecharan para sus citas las ceremonias litúrgicas y las procesiones”
El primer número del programa correspondía al Sermón de la Magdalena, el jueves del Concilio. Desde el púlpito de la Catedral, la elocuencia del Padre Meriño cerníase sobre las cabezas de los feligreses que invadían las tres naves. Alto, hermoso, nieve en la testa altiva, envuelto en la púrpura episcopal, el orador, con frase sobria y perspicua, convencía, conmovía, subyugaba, discurriendo en torno de la vida de la Magdalena, la pecadora redimida por el amor que inspiró las sublimes palabras de la Cena en casa de Simón. El viernes de Dolores, misa solemne, y horas cantadas, durante el día, y, en la noche, rosario y sermón en la Iglesia Mayor.
El sábado, el paso de Jesús en el Huerto salía del Convento de Dominicos para recorrer las calles de Universidad, Comercio, Plateros, Mercedes, Nueva de las Mercedes y Universidad hasta la propia iglesia, itinerario común a todas las procesiones siguientes. El domingo, en el interior de la Metropolitana, y en cada iglesia, celebrábase la fiesta de los Ramos, en conmemoración de la entrada de Jesús sobre la mansa borrica, a Jerusalén, repartiéndose a las fieles palmas bendecidas, propicias contra las tentaciones y los rayos. A los privilegiados se les obsequiaba con pencas de hojas entretejidas y adornadas con cintas, las cuales, colocadas en las ventanas, prevalecerían contra las obras del demonio. En la noche, Jesús Cautivo salía de la iglesia de la Merced. El lunes, de la Catedral, Jesús en la Columna, que en los tiempos coloniales, cargaba la Cofradía de los Sanjuaneros, presidida por el Meso Polanco. El Martes, Jesús en la Peña (Ecce Homo) o la Humildad y Paciencia, de Santa Bárbara. El miércoles, era el día de la iglesita del Carmen: misas desde la madrugada hasta las doce del día, y la mayor, a las diez; horas cantadas después; a las cuatro de la tarde, sermón, encomendado siempre a un reputado predicador. Sonadas las cinco, procesión de Jesús Nazareno, la imagen más venerada y prestigiosa de todas, la mejor como talla, de humano parecido. Se cuenta que el imaginero oró varios días para que Dios le inspirase. Llevarlo en hombros, es señalado honor que se atribuyen y debaten los de la hermandad. A la ceremonia concurren el Gobernador de la Provincia y un batallón de infantería con bandera, pues las Ordenanzas reconocen al Nazareno el grado de Coronel. El Jueves consagración de los óleos en la Catedral y procesión dentro de la iglesia para encerrar el Santísimo Sacramento. El Presidente de la República, embrazado el guión de plata, marcha con ritmo de cuadrilla delante del palio episcopal, y a las campanas ladinas suceden las roncas carracas. En la tarde, Lavatorio en la Catedral y en Regina Angelorum. En la noche, adoración del Santísimo en todas las iglesias: Cristo yacente, con un cepillo al lado para recibir las limosnas de quienes prosternados besan sus llagas. Calles y templos tienen aspecto de jubileo. Después de las diez de la noche, de la Capilla de San Andrés, la procesión del Sexto Dolor: la Virgen con el Hijo en brazos. El Viernes, el paso de la Cruz en la Catedral. El Presidente con la llave del Sagrario al cuello, hace tres genuflexiones, deposita un ósculo en el cristiano pie y una morocota en el cepillo. Le siguen uno tras otro los altos dignatarios, mientras el prelado y los canónigos cantan:
–Pópule meus. Agios o theos. Pópule meus, quid feci tibi? aut in quo contristavi te? Respónde mihi. Quia eduxi te de terra ¡Egipti, parásti crucem Salvatóri tuo. –Agios o theos –impreca un coro.
–Santus Deus –responde el otro, y la antífona continúa por sobre las cabezas abatidas.
–Agios ischyros.
–Sanctus fortis.
–Agios athánatos eléison imás.
–Santus inmortalis miserére nobis.

Los días de estrenar las ropas, el lujo eran los jueves y viernes santos. Al jueves le correspondían los trajes de colores azules, rojos, gualdos, blancos, encintados; el viernes santo se estrenan los vestidos de tonos serios: lila, gris o negro. Por la tarde, en la iglesia de la Merced, el sermón de las Siete Palabras, y el Descendimiento de la Cruz, seguido de la procesión del Santo Entierro, en cuyo cortejo forman el Arzobispo y el clero diocesano, el Gobernador de la Provincia, un batallón con la bandera enlutada y armas a la funerala. El pesado sarcófago de cristal, rodeado de macetas de flores de seda, lo cargan los isleños de San Carlos y le preceden minoristas, portadores del gallo, la corona de espinas, la lanza, los clavos, la esponja, las escaleras y el paño de la Verónica. Y luego de sepultado en una capilla de la iglesia Mayor, la concurrencia juvenil luce sus galas en el Parque de Colón En la noche, tinieblas en Regina, y pasadas las diez, sale de Santa Bárbara la procesión de la Soledad, la Madre Dolorosa, que peregrina en busca del Hijo. El Sábado en la mañana, misa en la Catedral, el clero de bruces sobre las gradas del presbiterio, entona las letanías, luego bendice el agua y el fuego, y a las diez, a la voz del oficiante, Gloria in excelsis Deo!, el velo negro que cubre al altar se rasga y aparece la Resurrección. Las campanas propagan la buena nueva; en las calles estallan cohetes y triquitraques y se ajusticia a Judas, muñeco de trapo, que cuelgan de una soga tendida de casa a casa, y contra el cual se disparan piedras y tiros, hasta que, derribado, la chiquillería lo arrastra y quema. Como por ensalmo, se reanuda el tráfago de coches y carretas; los caballos de los lecheros relinchan, y dan su nota grave los burros portadores del pan y del carbón. El comercio abre sus puertas. En la noche se baila: ¡Cristo ha resucitado! ¡Hosanna! El domingo, a las cuatro de la madrugada, misa en la Catedral, procesión del Santísimo en torno de la iglesia, y, en seguida, la imagen de la Resurrección –Jesús con un estandarte rojo– es conducido a la Merced, acompañado de San Juan, la Virgen, María Magdalena y las dos mariquitas. Así era la Semana Santa.
En tales días la ciudad se anima, los vecinos se echan a la calle en pandillas, con los críos de la mano o en hombros, para ver pasar las procesiones, formadas de esta guisa: la cruz alta y los cirios; filas, de uno en fondo, de niños, adolescentes y hombres destocados, a un lado y otro de las aceras, cada cual con su vela encendida y protegida por guardabrisa de papel; el paso del día, cargado por los de la hermandad, detrás un coro y orquesta de cuerda. Le sigue San Juan Evangelista, de roja capa y pluma en ristre; la Magdalena, con pobre túnica violeta, llevados casi en vilo por la gente joven, y, en último término, la Virgen, transida por la espada de los dolores; tres sacerdotes con capa pluvial, y el beaterio, que runrunea el rosario; cerrando el desfile, una compañía de infantería, que marcha a paso lento y levanta nubes de polvo. Las filas se clarean o se nutren, según se detenga el Santo ante la puerta de un devoto que ha pagado un motete.No faltan las pelazgas cuando el que va delante sorprende al de atrás goteándole la americana de casimir con la vela, o cuando ha recibido en la cabeza un golpe de cocomacaco, pelota de cera endurecida y con perdigones.
Durante la ceremonia en el templo, los jóvenes se agrupan en la puerta, charlan, miran, hacen señas a las muchachas, hay siempre un zagalejo que esgrime tijeras para cortar las trenzas o que riega cerillas en el piso para que en ardiendo asustar a las mujeres que se recogen las faldas chillando.
Aquella semana santa los camaradas de Antonio idearon formar una compañía para velar el Monumento de Regina Angelorum, del jueves al sábado, al mando de un capitán. Se encontraban en la iglesia Pancho Peynado y Lucas T. Gibbes, sargento. El padre Billini sonreía complacido.

Antonio  contemplaba a su novia le importaba poco el misterio de la pasión, el coro el lujo chillón,  solo contemplaba a aquella muchacha a quien consideraba fea pero cuya tez ambarina, ojos negros y luminosos, boca de grana, cabellera abundante suelta, el amor le había impreso nueva gracia, una idealidad magnética y por entre los fieles de hinojos, cuando el oficiante alzaba la hostia sobre el cáliz, sus ardientes miradas comulgaban, trasmutando la carne y la sangre.
Se apretaban las manos en las procesiones, musitando palabras de amor…para ellos no existían las amigas, ni las imágenes, solo tenían la inquietud de ser sorprendidos por el padre o los hermanos.
Y me viene a la mente la canción: Ansiedad de tenerte en mis brazos, musitando palabras de amor, ansiedad de tener tus encantos y en la boca poderte besar.

Después de la Semana Santa, empezó a contar los días y no sabía nada de Luisa hasta que llamo a su amiga confidente que le dijo con las manos en la cabeza lo que estaba pasando. Le habían mandado un anónimo a la familia por debajo de la puerta diciendo que Antonio era un candidato perpetuo a la cárcel y que la haría muy desgraciada con la política, pero ella decía que no y entonces su madre se enfureció y le cayó a moquetazos, todos están en contra de Antonio, solo la hermanita Herminia es la que lo apoya.
Luisa le mando a decir que no pasara por la calle ni le escribiera que tuviera paciencia y que tuviera en cuenta que ella estaba sufriendo y que le quería con toda el alma.
Antonio pasaba por la casa a todas horas, pero el balcón siempre estaba herméticamente cerrado. Cuando finalmente la vio detrás de las celosías se le acercó un oficial diciéndole que el Gobernador quería verlo que viniera con él. Ya él sabía lo que le esperaba, el Homenaje. Pasó seis meses preso, desde que salió fue a la casa de la confidente, que le dijo que Luisa su única salida es a la iglesia a rezar por él, la familia se tuvo que mudar porque al papá le quitaron el empleo y están mal pasando, ya no tienen criada, la mamá tiene que cocinar y planchar, las muchachas cosen por pago y hasta lavan…Viven en la calle de La Merced, cerca de la iglesia, una casa de portón grande, con dos ventanas, pintada de azul. En la casa de Alardo, enfrente de la pulpería de seña Catalina.
Antonio corrió al ventorrillo de la esquina, compraba cigarrillos y fósforos. La señora era negra alta, fornida, cincuentona, color de caoba, con un pañuelo de madrás y una bata ancha de prusiana arremangada en las caderas y arrollada hasta el codo.
Antonio interrogó a Seña Catalina que por qué le dicen Medio Tocino?
Y ella le respondió riendo “aja niño eso fue cuando la España, yo era moza, y una real jembra. No te pue figura tú los blanquitos que me cortejiaban. Una mañanita estaba en el mercao echa palante, curcuteando una pollona y un maldecio cabo españo, me dio una nalgá diciendo, que buen medio tocino! Y ahí ta. Pero la gente que e mu mala, jizo un acumulo endespués ansina mesmo: pero yo me rio, vivo pega almate pa no necesita de nadie y mi para la chuma jablanchina. Y con mímica despectiva, se alzó la falda con la siniestra, se pasó el índice y el mayor, los sacudió, castañeteándolos y enseño el tocino entero, con una carcajada sonora y sacando al sol doble hilera de dientes fuertes y níveos. Y como era el cabo?
Un güen mozo, como toiticos los españoles.
Conversaba con Luisa en la ventana, y si el hermanito quería librarse de una pela de una diablura se salvaba diciéndole a la mamá, que le tiró una piedra a Antonio, ese vagamundo.
Antonio le regalaba de vez en cuando a la ventorrillera contenta en cuando un pañuelo de madrás de vivos colores o algún pomito de esencia barata. La seña catalina, le instruía de los movimientos de la casa, y le avisaba cuando Luisa salía y las calles que tomaba.
Seña Catalina conocía la situación económica del vecindario, los que estaban pasando muchas necesidades esta familia, hay días que no comían nada.
Un día salieron dos hermanos de Luisa con garrotes a caerle arriba a Antonio se llevó la mano al revolver conteniendo el ímpetu de los agresores. El padre salto de la hamaca, la Seña Catalina dijo ustedes tan loco y do contra uno.  Antonio se fue mohíno y agraviado, minutos después, toda la ciudad conocía lo que había sucedido. El tío Tomás y el papa de Luisa eran amigos de infancia, hablaron y le concedieron a Antonio autorización para visitar la casa en las primas noches y en la tarde de los domingos. Todo cambio como por encanto. Se sentaban en dos mecedoras bajo la mirada de la vieja que ya estaba apaciguada hasta le ofrecía un platito de piñonate o de malarrabia o de suspiro.
En el último año de las relaciones Antonio mejoró económicamente, fue nombrado director de una escuela nocturna, con un ayudante y pocos alumnos lo que le permitía asistir de siete a ocho y poco a poco como los pájaros acarrean briznas para construir el nido, fue comprando muebles de lance y dándole a la novia habilitación que ella misma confeccionaría.  Se convino en que el matrimonio se quedara a vivir en la casa se mudaron a una más amplia.
El día de su boda fue el único feliz de su vida.  El autor describe la boda con lujo de detalles. La luna de miel fue realmente placida, la suegra, aliviada de los quehaceres de la cocina, se tornó festiva, agradable y ya habían comenzado a comprar encajes, batista y lana para la canastilla cuando la eclipso Lilís con la más injusta prisión. Entonces comenzó el calvario de Luisa.
Maldita política.

VOCABULARIO DE ANTAÑO

Fimbria: canto o remate más bajo del vestido.
Batiportes: es un término náutico. Superficies alta y baja de las portas.
Mohíno: el que se enoja fácilmente, hinchándosele las narices.
Tunas es una higuera de las Indias.
Zagalejo: Adolescente
Patatín patatán
No te quieren ver ni en pintura

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